Diste un nombre, diste tu carne por dentro y por fuera, diste tus horas, tu sed no saciada, tus deseos postergados, tu figura entregada al desgaste. Le levantaste de la muerte. Le espantaste demonios. Con todos tus errores, le hiciste ser lo que él es ahora. Le evitaste dolores, le abriste camino, le dejaste vivir su vida… y un día, la criatura te escupe: “Cállate si quieres participar.” Frente al espectáculo vergonzoso, donde tu criatura arrastra su dignidad por el suelo, dices con firmeza: — La confianza se gana. Y es cuando escupe: — Cállate si quieres participar. Ahí muere la maternidad. Se rompe en pedazos. Caduca. Porque ya no te necesitan, porque sólo te permiten existir si no dices verdades incómodas, si callas tu verdad, si disimulas y aceptas sumisamente. Si agachas la cabeza ¡mejor! Quedas atrapada en la paradoja: madre silenciada o mujer indómita. No estabas preparada para esto. Te descompones, gritas, destruyes. Pero en ese grito surge algo más: la mujer salvaje, que ...