Cállate si quieres participar
Diste un nombre, diste tu carne por dentro y por fuera,
diste tus horas, tu sed no saciada, tus deseos
postergados, tu figura entregada al desgaste. Le
levantaste de la muerte. Le espantaste demonios.
Con todos tus errores, le hiciste ser lo que él es ahora.
Le evitaste dolores, le abriste camino, le dejaste vivir
su vida… y un día, la criatura te escupe:
“Cállate si quieres participar.”
Frente al espectáculo vergonzoso, donde tu criatura
arrastra su dignidad por el suelo, dices
con firmeza:
— La confianza se gana.
Y es cuando escupe:
— Cállate si quieres participar.
Ahí muere la maternidad. Se rompe en pedazos.
Caduca.
Porque ya no te necesitan, porque sólo te permiten
existir si no dices verdades incómodas, si callas tu
verdad, si disimulas y aceptas sumisamente. Si
agachas la cabeza ¡mejor!
Quedas atrapada en la paradoja: madre silenciada
o mujer indómita.
No estabas preparada para esto. Te descompones,
gritas, destruyes. Pero en ese grito surge algo
más: la mujer salvaje, que ya no suplica. La mujer
que no va a negociar su derecho a ser escuchada,
que alza el aullido: ¡esta boca es mía!
Con dolor, la negociación, la rendición de la
autoestima para conservar la relación —«sólo
porque es tu hijo»— fracasan. Y es un fracaso
épico, heroico, que estalla en un parto divino.
Da a luz a una nueva mujer: la que toma la
delantera, la que desplaza a la madre muerta,
la que nace con ojos de sibila.
No pudiste enseñarle que un adulto asume el
desastre con honor y con rostro descubierto.
Prefirió negar sus palabras, te dejó a ti como la loca,
la única culpable. Y duele. Duele porque lo ves,
criatura aún, revolcándose en la negación como un
animal herido que muerde a quien lo
quiere ayudar.
Entonces comprendes. Si quieres conservar tu
dignidad, tienes que morir como madre.
Hacer duelo por el hijo que no llegó a madurar.
Desaparecer de su vida, no porque no le
ames, sino porque no vas a rebajarte a
mendigar un lugar.
No vas a suplicar por un lugar que te pertenece,
que es tuyo. Lo ocupas y lo defiendes. Dejas a la criatura
atrás. Te cueste lo que te cueste.
Ya no das amor incondicional, te vuelves irreverente
ante tu propia creación.
Tu derecho a ser escuchada no es negociable. No te
van a condicionar. No te van a someter de nuevo.
La maternidad se extingue.
En sus cenizas nace la mujer que pisa fuerte, que
siembra semillas para su propia cosecha
en el campo fértil del amor por sí misma.
La madre queda atrás, como piel que se desprende.
Ahora sólo queda abrirse al encuentro de las almas,
si es que la criatura elige algún día
crecer y alzarse en su estatura completa,
como un hombre.
Isabel De la Torre
Mayo 2025
Fuente Imagen: Aullido Richard Simon

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