Encuentros perfectos.
Las gotas de sudor resbalaban por mi espalda mientras escuchaba las quejas de mis crías sobre el calor.
Llegamos al lugar directamente, aún sin conocer la ruta, dimos con las puertas del “Iguanario Archundia”.
Nos recibieron los mapaches, cinco o seis, junto a la barda vimos a dos, echados sobre la tapa de un contenedor, con sus patitas extendidas, elegantes, largas, sus garras simétricas. El mapache que estaba en la repisa de la pared, bajó y con cautela cruzó la jaula, pasó sobre los tubos donde dormían sus compañeros, se acercó a uno de ellos, pero no fue bien recibido en lo que parecía ser la tapa de un contenedor, sin embargo, más grande, se impuso y logró despojar al compañero, no después de algunos reproches del primero, que aceptó su derrota y rodó hasta el otro lado.
Pasamos la jaula de los cerdos salvajes sin mucha atención.
Al fondo, las iguanas, en una jaula redonda de no más de metro y medio de altura, subían por la malla mientras nos acercamos, parecía que querían saber qué clase de bichos habían llegado. La encargada nos dijo que tenían como cuatro años. Medían unos cuarenta y cinco cm, según mis cálculos, a los que yo no haría mucho caso. Sus patas y su cola larga, su panza escamosa, verdes brillantes.
A pocos metros, en peceras, estaban las más pequeñas, verdes, más brillantes que sus mayores, juraría que dos de ellas nos recibieron como los niños cuando llegan visitas queridas a sus casa. Se les unió una tercera, de escasos 25 cm, se amontonaban unas sobre otras, como bebés.
Al fondo, en una espacio abierto estaban las iguanas mayores, de hecho estaban por todas partes, en los techos, en los troncos. Demasiados integrantes de la comunidad, hacían imposible calcular la población.
La encargada del lugar vació sobre ellas los trozos de fruta que tenía un una cubeta, y las iguanas, de todos tamaños, salieron corriendo por el derredor.
Fue entonces cuando me dí cuenta que no estaba preparada para acercarme a una iguana y menos tocarla, en el caso de que me lo hubieran permitido, mis ganas de honrar a Steve Irwin, el famoso cazador de cocodrilos, desaparecieron al instante.
Después de observarlas un rato, la misma mujer que los alimentaba nos platicó que desde hace 30 años su esposo comenzó a cuidar iguanas y procurarles un espacio donde estuvieran seguras.
Me quedé parada en medio, un macho iguana me observaba con recelo, su papada era grande y sus escamas estaban un poco asimétricas, sus patas anchas, una cola anillada entre gris y negro, quizá más larga que su cuerpo, el verde, que tienen sus compañeras, se había convertido en diferentes tonos de gris. Yo también lo observé, hasta que un pato se le acercó y fue tras él.
Después de unos minutos, en los que me dí cuenta que la realidad había superado a mi imaginación iguanesca, preparé la cooperación voluntaria y la depositamos en las alcancías.
Dicen que las iguanas simbolizan la alegría y el poder disfrutar de las pequeñas cosas de la vida, el sentirnos satisfechos, la gratitud y la intuición. Nunca había tenido la oportunidad de observarlas.
Esperé a los muchachos en la puerta. Cuando salíamos del estacionamiento una señora, casi anciana, que estaba sentada a la orilla de un canal, nos dijo:
-Un pajarito va a hacer su nido en su cabeza, hasta parece canasta, mire nada más esos chinos - Nos reímos juntas mientras la canasta de chinos apresuraba el paso para alejarse y no prestarse a más observaciones.
Llegando al auto, de un callejón que conecta la solitaria avenida con las casas del fondo del canal con un puentecito estrecho, salió un carrito de paletas, y tras éste, un muchacho de unos 25 años. agradecí lo oportuno, y le pregunté por los sabores.
- Espéreme doña, deje me pongo en la sombra... Fresas con crema, fresas con leche…- ¿Tienes de agua?, - Limón, guanábana…- Dame una de guanabana.- Yo quiero una de limón.- Yo también de limón.- dijeron los muchachos.
-¿Vieron al cocodrilo? nos dijo mientras rodeaba el carrito de paletas y se acercaba y señalaba a la barda que limita al canal, quedando frente a mí. Estas lagunas están conectadas con el mar y a veces, cuando sube la marea, se pasan para acá los cocodrilos.- ¿Y no se comen a alguien?, pregunté - No, nada más asustan a los niños que vienen a atrapar carnadas para pescar. Luego llaman a protección civil para que se los lleve. - ¡Qué miedo!
Rasqué en los compartimentos de mi bolsa y saque cincuenta pesos en cambio, los puse en su mano.
- Tome - me dijo, las de agua son de a diez, me regresó un billete de veinte pesos.
Al mismo tiempo me miró directamente a los ojos, tenía una mirada limpia, llena de fuerza, iluminada. Sus pestañas rizadas, enmarcaban el café de sus ojos redondos, que resaltaban de su piel morena por su claridad y chispa.
Con un gesto impecable se detuvo en mis ojos con un especial silencio, quizá unos segundos, los suficientes para percibir un reflejo que me hizo sentir como si ya lo conociera, aunque nunca nos hayamos visto y tampoco nos encontremos después.
- Ya me voy, que se la sigan pasando bien.- Gracias, bendiciones, nos caíste del cielo. - Gracias doña...
No quise interpretar lo que pasó, me quedé con esa agradable sensación.
En silencio hice una señal para intercambiar sabores de paletas, en silencio las terminamos bajo la sombra del árbol, los tres encaramados en el auto.
Regresamos como llegamos, con la pura intuición.
En algún momento, quizá por la tarde, o llegando a Querétaro, mi hijo me comentó - Me cayó muy bien el paletero.


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