Delirios de grandeza





Durante muchos años guardó ese documento que acreditaba su mayor logro. No tenía idea de que estaba completamente obsoleto. A nadie le interesaba que había sido un héroe desconocido. Aunque no le servía para nada, Sergio, atesoraba aquel papel viejo que lo hacía sentir importante,  a pesar de que durante muchos años  pasaba  sus vacaciones en la sierra enseñado a leer y a escribir a los niños, quienes le recibían con mucha alegría. 

La noche anterior se permitió compartir con un viejo amigo, que estaba de vacaciones en la ciudad, lo que ese documento tenía escrito. Nunca se lo mostraba a nadie. Era casi sagrado. Encorvados sobre el tablero del auto, se esforzaron para poder leerlo, iluminados apenas con la luz de la lámpara de la esquina de la calle.
Luciano no supo qué decirle, se quedó mucho tiempo contemplando el pedazo de papel arrugado, medio roto y amarillento. Tomó un suspiro y con delicadeza dijo que no veía bien lo que decía, que de un tiempo acá, sus lentes ya no le servían tanto y que su mujer peleaba con él a cada rato para que fuera a hacerse otros anteojos, pero que él no iba a ir porque seguramente el oculista le diría que necesitaba mayor graduación. Además su inquietud más grande no era cambiar de lentes, porque los que estaban de moda no le gustan, le parecían desagradables y horribles, nada que le fuera bien.
Luego le ofreció otro trago de mezcal que llevaba en una pequeña ánfora de metal que tenía sus iniciales grabadas debajo de una corona incrustada con algunas piedrillas baratas de colores.
Los dos bebieron y guardaron silencio unos momentos. Después de un suspiro, Luciano le comentó que a veces pensaba que se había equivocado al casarse con Irene. Para él, su mujer era mediocre, sólo pensaba en ahorrar para tener un “colchoncito”, por si había un imprevisto con los hijos. Le daba pena presentarla a sus compañeros de trabajo porque era muy sencilla, no necesitaba de tanto peinado, su cabello brillaba, lo usaba natural, en cambio las esposas de sus compañeros llevaban tintes, mechas y cortes de moda. Le insistía mucho en que se cambiara el color por lo menos y se hiciera un corte de esos que traen las reporteras de televisión. En realidad odiaba la forma en que lucía Irene: bien y con poca inversión. Odiaba más la chispa que tenía su mujer, sobre todo su sonrisa, que llamaba la atención de todos y por supuesto su figura, bien proporcionada a pesar de no hacer ejercicio. Cada vez que podía le señalaba sus defectos o desacreditaba algún halago que otra persona le hacía a ella.
Sergio lo escuchaba, esperaba un comentario sobre el documento que le había mostrado, pero Luciano no se daba por enterado, seguía hablando de él mismo y criticando la forma de ser de su mujer.
Le dijo que leyó la biografía de Enrique VIII, un verdadero rey, que tuvo seis esposas y que mandó matar a algunas porque no estaban a la altura de lo que él se merecía. Claro que él no iba a matar a Irene, pero se sentía igual que ese rey, que era mucho para “esa” mujer.
Apenas dijo esto, sacó de su bolsillo una cartera negra que protegía su celular y le mostró una foto donde estaba con algunos compañeros de su trabajo, le señaló a la joven que le
envío la foto y el mensaje que decía: – Espero que logres todas tus metas, eres maravilloso y te mereces lo mejor – se quedó en silencio contemplando la imagen por un par de minutos, pensando en la plática tan emocionante que tuvieron esa noche en que le festejaron su cumpleaños. Él estaba seguro que le gustaba a esa muchacha, no sé daba cuenta que más bien sentía compasión por él y por eso lo escuchó con fingido interés.

Después de un suspiro, Sergio, dobló el viejo papel y le propuso salir a caminar, ya no llovía y el parque se antojaba para recorrerlo.
Luciano se negó alegando que tenía un agujero en su zapato y que no quería mojarse el pie.

El celular de Sergio sonó, era Irene, se apresuró y bajó del auto para contestar, sin darse cuenta que el viejo papel se había caído dentro del auto. A veces ella le llamaba para saludarlo y recordar los tiempos de la prepa, pero está vez le pidió ayuda. Le dijo que había abandonado a Luciano aprovechando que había salido de viaje, porque ya no aguantaba sus malos tratos, y que venía en un autobús que estaba a punto de llegar a la ciudad. Que le ayudará a conseguir un lugar donde quedarse unos días con su hija, porque su hijo, no quiso acompañarla. El corazón de Sergio se le salía del pecho y una cascada de imágenes se volcaron sobre él. Siempre había estado enamorado de Irene, por eso nunca se casó. Y en su casa y en su vida tenía lugar para ella.

Mientras miraba a Luciano, que dentro del auto permanecía con los ojos fijos en la pantalla de su celular, quedó con Irene para recibirla en la estación y terminó la llamada. 

Tocó la ventanilla del auto y se disculpó con Luciano. Se disculpó por no poder seguir acompañándolo y de paso, porque no le dijo que su mujer se quedaría en su casa esa noche y, si Irene aceptaba, muchas más.

Se subió a su recién adquirida camioneta y marcó el rumbo a la estación, a una nueva y esperada vida.



Isabel De la Torre




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