La gitana entrometida
En el centro del pueblo vivía una viuda, ni tan joven, ni tan vieja. En cuanto murió su
esposo, compró una boutique para damas con la indemnización del seguro de vida que tenía contratado su marido.
En los tiempos muertos de su tienda, recordaba lo que fue su vida al lado de ese hombre. Siendo casi niña, a los quince años, su vecino viudo se apalabró con sus padres, quienes recibieron una casa a cambio de consentir que ella se casara con el vecino. La diferencia de edad no importó a sus padres, aunque fuera de más de veinte años.
Al menos, pensó, me dejó un dinerito para poner mi negocio, a cambio de veinte años de
encierro en una jaula, de insultos y agravios.
La ahora viuda, se esmeraba por tener en su boutique ropa de moda, fina y elegante para las señoras adineradas. Era buena haciendo que sus clientas se sintieran bien, les hablaba de forma especial. La buscaban más por la conversación que por la ropa que vendía. Se vestía de forma discreta y elegante, de este modo causaba admiración. Era una mujer bonita, y aunque los años se reflejaban en las arrugas que se empezaban a formar, el brillo de sus ojos seguía siendo hipnotizante.
Tenía dos hijas adolescentes, que parecían el día y la noche, blanco y negro.
La mayor, soñaba con encontrar un hombre igual a su padre, tenía un carácter débil,
era muy callada. Nunca se negaba a nada, aceptaba hasta lo más absurdo con tal de no
causarle una molestia a su querido padre. Creía que su madre era la responsable del mal
humor del hombre. Soñaba con el día en que encontraría a su gran amor y vivirían felices para siempre.
La hija menor, a la que casi aborta después de una golpiza que su marido le propinó porque no tenía lista la comida cuando él llegó, era muy rebelde, se negaba a obedecer, todo el tiempo rechazaba e ignoraba lo que se le decía. Se la pasaba encerrada leyendo, pero nunca dejaba de asistir a la escuela. Esperaba cumplir dieciocho años, para cruzar la puerta de su casa y no volver jamás. Había ahorrado todos sus domingos para mantenerse un tiempo, mientras encontraba algún trabajo.
Las tres mujeres viajaban regularmente para buscar los vestidos, bolsas de mano, maquillaje, sombreros y todo lo necesario para tener inventario en la boutique.
Un mal día, la viuda se cayó de las escaleras, tenía que permanecer acostada. Así que decidió enviar a la hija mayor a comprar la mercancía que necesitaba para la tienda, la hija menor se quedaría cuidándola.
En el camino, la hija se encontró a una gitana que por dos dólares le adivinó la suerte. La
confundida anciana, que ya traía dentro media botella de aguardiente barato, le dijo que le haría un regalo por ser tan bondadosa, que encontraría al amor de su vida antes de regresar a su casa. Y así fue. La hechizó con cierto desatino por la embriaguez. Tal flechazo hubo entre ellas, que la dueña de la tienda donde compraba los encargos de su madre la hizo de Celestina y les facilitó un pequeño cuartito trasero para consumar su amor.
Sin poder separarse, las recientes amantes decidieron huir juntas sin avisar a nadie. Mientras, la madre viuda, en cama y enferma, requería de muchos cuidados.
Cuando la espera de la nueva mercancía sobrepasó el tiempo estimado, la viuda mandó a su hija menor a investigar que pasaba, y contrató a un mozo para que la asistiera mientras
seguía recuperándose.
La muchacha regresó con la noticia al pueblo, y con la rabia de tener que cambiar sus
planes para cuidar de su madre. Le contó a todos la situación de su hermana, quienes no perdían la oportunidad para murmurar del amor lésbico entre la muchacha y la gitana.
Mientras tanto, la hija menor dejó de leer y tenía que hacer una gran esfuerzo para ir a la
escuela ya que debía encargarse de todas las labores de la casa.
Cada vez más furiosa, maldecía todo lo que le pasaba. Y aunque su madre ya no requería tantos cuidados, no podía vivir sola.
El mozo, que en realidad era un hijo ilegítimo del hombre más poderoso y adinerado del
pueblo, se sentaba todas las tardes a escuchar las quejas y sueños de la muchacha, mientras la miraba con ojos de borrego a medio morir. Le preparaba la comida, traía el mandado del mercado, hacía todo lo que podía para que ella no abandonara la escuela ni sus libros.
Un día, cuando el mozo y ella regresaban de la universidad, una gitana gringa con una
botella en mano, les impidió el paso, pidiendo unas monedas a cambio de adivinar su
suerte.
La chica se emocionó y el mozo, divertido, sacó su cartera y le ofreció a la gitana un billete. La muchacha pudo ver que la cartera era de piel de cocodrilo, finísima, y que estaba a reventar de billetes.
La vieja bruja le concedió un deseo a la muchacha como agradecimiento. Ella se inclinó y
le susurró algo al oído. La anciana sonrió con malicia y le dirigió una mirada de complicidad.
Al día siguiente el mozo mentiroso amaneció sin cartera, solo, a cargo de la viuda.
Esa misma noche, la muchacha abordó el primer camión al aeropuerto donde pagó un
boleto de avión con los billetes de la cartera de piel de cocodrilo.
Jamás se supo que vivió feliz para siempre en un apartamento de Barcelona como asistente de una activista ambiental y escritora. Hasta que se le ocurrió que no sería mala idea hacerse una inseminación artificial.
Fin.
Isabel De la Torre
16 abril 2019

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