Ser mujer hoy.

 

Imagen: Ninfa Torres Lagunes, México.

Mi papá decía en los 90’s que ya venía la era de Acuario, la era de la mujer, que qué bueno que ya se iba a morir. Quisiera saber si lo decía por su machismo escondido o por no querer vivir la revolución social que está causando que las mujeres desempeñemos puestos como alcaldezas, ambientalistas, presidentas, doctoras, etc. y el costo familiar que conlleva. 


Aunque conocí a su madre, mi abuela Concha, no puedo recordar su voz, menos su forma de ser, sólo puedo imaginarla cuando contemplo su foto, llevaba un sencillo vestido largo y oscuro, con mangas hasta las muñecas, el cabello atado en un pequeño chongo en la nuca, con sus manos tomadas entre sí y la cabeza inclinada mirando al suelo como si hubiera perdido algo. Conservo aún algunas de sus carpetitas tejidas y un mantel bordado. Creo que si alguna vez tuvo algún deseo personal, se lo arrebató la revolución mexicana y tejía y bordaba para darle sentido a su mundo y para mitigar la ansiedad, como a veces necesito hacerlo yo. 


Me imagino también que cada acto lo hacía en nombre de Dios y para servirle, y al despertar cada día alimentaba a sus hijos, los educaba y limpiaba su casa. Esos hijos crecieron y contribuyeron a la sociedad como dos contadores, un maestro de contabilidad, un  fraile, una monja y una obligada soltera que los cuidaría en su vejez. 


A mi otra abuela, Lupe, le tocó vivir la primer ola feminista en México, en medio de la revolución, y acabada ésta se enfundaba en unos pantalones cada vez que podía, trabajaba en la cámara de diputados donde aprendió a usar un revólver para defenderse de los constantes alborotos. Yo jugaba con ese revólver cuando era niña. También era alpinista y con su sueldo de reportera del periódico El Heraldo, mandaba a pedir su ropa a París, y aunque hablaba dos idiomas no fue entendida y terminó dándose por vencida poco después de casarse y parir a mi madre, cuando el abuelo la abandonó por una española menos “complicada”, mitigando sus ansiedades con alcohol, lo que le hizo imposible criar a mi madre y tuvo que entregarla a sus tías paternas, quedando en la desolación.


Ambas vivieron en la misma época, hace ya como 100 años, heredándome estas contradicciones genealógicas que permean mi mundo donde puedo ver a muchas mujeres, como la señora rodeada de niños que vende nieves en la esquina, la esposa del señor de la tienda que trabaja a la par con él , la señora, con tantos años encima, que atiende un local que vende botanas y nieves, la que vende ropa en el garage de su casa, la encargada de la pequeña fonda, la de la veterinaria, la que trabaja en su estética siete días a la semana de mañana a noche. Las vecinas más cercanas que salen diariamente a trabajar y como no mencionar a la que, amorosamente, desde Amealco me trae flores cada semana para alegrar mi casa.


Mujeres que cada día levantamos el cuerpo y muchas veces el alma dolorida por la realidad tan dispareja que aún nos identifica como sociedad, buscando sustento y haciendo lo necesario para que la vida siga, para continuarla, aunque tengamos que sacrificar nuestros anhelos o nuestra vida, aunque trabajemos más por menos, aunque estemos solas y tengamos doble jornada. Quizá por eso y a pesar de eso aún deseamos un mundo mejor,  criamos a los futuros hombres y a las futuras mujeres. 


Creo que sin darnos cuenta nos mimetizamos con la revolución acuariana y confío y me gusta creer que con los años lograremos reconocernos primero como seres humanos, mujeres deseando un mundo de belleza y amor y hombres completos y sensibles, ambos capaces de compartir y crear una vida diferente.


Tal vez mi padre no quería reconocer que el mundo al que perteneció fue injusto, duro, excluyente, ni quería ver su integridad masculina desafiada por nuevos comportamientos entre hombres y mujeres. Aunque me consta que lo intentó, sé que también lo padeció.


            Yo, educando a sus nietos, con la confusión que flota en el ambiente, entre viejos patrones que reproduzco y de los que quiero deshacerme, batallo día a día con mi ciega tendencia a la sumisión y las ansias feministas. Batallo cuando mi corazón se inclina a cuidar a mis hijos como si fueran niños pero en mis ojos se reflejan hombres en ciernes. Batallo porque mis cuidados ya no son necesarios, pero sí cómodos para ellos y para mi inercia, mientras, la fuerza emerge de mis entrañas y que a través de las abuelas me inunda y brota como erupción volcánica. Batallo porque, como me dijo mi hermano, haberlos echado recientemente del nido es lo más que yo, como mujer puedo hacer para ayudarles a que salgan al mundo.  


Y reconociendo mis capacidades y limitantes con honestidad, neutralizando las ansias locas de Lupe y la sumisión de Concha, retomando la ruta de mi madre que albergó las dos posturas y  discrepaban su vida, logro navegar con un poco de calma estos nuevos mares.


Me animan las gloriosas victorias que fortalecen mi corazón y me hacen confiar, como el trofeo de mirar y disfrutar a ese pequeño bultito cálido que salió de mi panza y que me hizo llorar pensando en que crecería y se convertiría en un hombre y que yo no sabría cómo ayudarle, ahora lo logró por sí mismo y me hace sentir la más orgullosa.


Ser mujer en los inicios del siglo XXI es para mi ser desafiante, revolucionaria, peligrosa y divinamente oportuna, ser mujer es una ocasión para aportar a mi paso, el intento de conciliación aparentemente imposible de mis abuelas, que a mi madre habitó e impulsó, la misma que llevan dentro mis hermanas mayores y la que llevo yo.


Para mi alma y para mi cadencia femenina daré vida a un alter ego llamada Guadalupe Concepción, que concilie en sí misma el acervo femenino de estas dos abuelas, fuertes, sobrevivientes de revoluciones, partos, abandonos, hambrunas físicas y sentimentales y renunciantes a propios anhelos y que con eso a cuestas, crearon la vida de la que yo soy parte.


A ellas y a otras tantas mujeres rebeldes que se atrevieron a romper esquemas, y a las que no pudieron, desde mi corazón agradezco su existencia y su herencia, espero ser digna receptora de los beneficios que gracias a ellas hoy disfruto y quiero hacerlos prosperar en amor y sororidad para las generaciones que vienen detrás.


Isabel De la Torre


Imagen: Ninfa Torres Lagunes, México.



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