Voces de Mujeres
Tres meses antes de cumplir los quince años, sentada en el borde de mi cama, con una luz tenue en el buró y mi primer hijo en brazos, recién salidos del hospital, estábamos solos por primera vez. Tenía todos mis sentidos puestos en él. Era una cosita tan pequeñita, tan suave, tan perfecta, sus ojitos rasgados que le ganaron el mote de “Chino”, su calorcito y su olor a nuevo.
Yo no podía con tanto, ese pedacito de corazón cálido y consistente a quien ya amaba, pero que no sabía ni siquiera cómo alimentar ni cómo bañar, iba a crecer y se haría un hombre, sí ¡un hombre!. Mirándolo fijamente, un llanto silencioso se unió a mi respiración agitada y a la cruel incertidumbre sobre mi tarea materna y mi vida. No podía abrir los ojos y despertar, ya lo había intentado, pero no era un sueño.
Todos los vaticinios inconscientes que tantas personas soltaron sobre mi, sus creencias y sus miedos que despertaron mi “domingo siete”, como decían las abuelas, me cayeron de golpe.
En ese preciso momento mi madre abrió la puerta de la recámara como pudo, traía la cazuela oficial del mole navideño en las manos, pero esta vez llena de agua tibia para darle el primer baño a su nieto, porque la tina era muy grande. Cuando me vio, preguntó:
- ¿Y ahora, tú qué tienes?
Sin quitar la vista de mi bebé, entre sollozos le dije:
- No sé que voy a hacer cuando crezca, ¿cómo voy a educar a un hombre?
Poniendo la cazuela en la mesita, me dijo:
- Por lo pronto te limpias esas lágrimas, lo bañas y le das de comer para que se duerma y tú descanses, ya veremos después.
Con el pretexto de que faltaba algo, salió y tras la puerta se puso a llorar también, como lo hacía seguido durante mi embarazo, claro que de eso yo no me enteraba y nunca me lo dijo, hasta que muchos años después mi hermana Alejandra me contó que la veía como la zarzamora, llore que llore por los rincones.
“Déjate de pendejadas y ponte a … trabajar, a cuidar a tus hijos, vete a hacer de comer, a estudiar, a bailar, siéntate a meditar”
Incluso, un vete a darle vuelo a la hilacha, cualquier quehacer podía completar la frase en voz de mi madre. Lo importante era recordar siempre, que si no sé qué hacer, haga lo inmediato necesario y la vida acomodará las cosas, o ya sabré después, algo fácil de decir y que he tenido tiempo de practicar todos los días, con éxitos y fracasos, en un entrenamiento tenaz.
Ella era una mujer fuerte, tenía mirada profunda, inquisidora a veces, enojada otras. Recuerdo sus manos ásperas, un poco regordetas tomando las mías en momentos difíciles, o sobre el teclado de la máquina eléctrica nueva escribiendo tan rápido como el correcaminos y una vez, casi a mis veinte años, descendiendo a gran velocidad para impactarse en mi mejilla cuando no quise pensar ni actuar como ella pretendía.
Creció entre sus tías de alta sociedad y de su madre, quien por enamorarse del abuelo abandonó sus convicciones feministas, dejó de escalar montañas, de trabajar y de usar pantalones, pero su alma libre no supo conciliar la dulzura hueca de un matrimonio con su naturaleza interior y después de ser madre, el abuelo la abandonó y convirtió al alcohol en su nuevo compañero.
Recuerdo a la abuela con su chongo, sus canas, con el lunar que me heredó, arrullándome en su regazo cantando “muñequita linda” de María Grever, o dándome de comer a escondidas jugo de carne en contra de los deseos de mi padre, que era vegetariano. Ella era mi guardiana. Pero un negro recuerdo es el de una noche en que, parada frente a la ventana de su recámara mirando hacia afuera, gritando al abuelo improperios y maldiciones, se dio vuelta hacia mí y me dijo:
- No le creas a los hombres, sólo quieren aprovecharse de ti”.
Hasta que murió, cuando yo tenía seis años, nunca perdía oportunidad de reafirmar esa idea en mi tierna cabeza infantil, con sus variantes, algunas musicalizadas cantando “Marieta, no seas coqueta, porque los hombres son muy malos…”. Casi todas las tardes se ponía a caminar en la estancia de su casa bebiendo alcohol para adormecer su pesar, a medida de que descendía el nivel de tequila en la botella, el nivel de maldiciones y palabras soeces hacia los hombres se elevaba.
Como sea, durante toda mi vida he cargado esa loza, ese miedo, esa sentencia, aunque no lo suficiente como para evitar la compañía masculina y parir a tres de sus hermosos bisnietos varones que me han llenado de experiencias intensas.
Una de ellas, en la que la voz de una mujer viene a mi mente, Maura, que fortaleció mi fe, cuando, cumplida la cuarentena de mi tercer hijo, una noche de domingo, se me fue la leche porque el Chino, recién cumplidos sus 17 años, estaba en el hospital luchando por su vida después de un grave accidente. Ella consoló mi impotencia diciendo: “... es perfectamente normal que te sientas culpable y desesperada por no poder estar con los dos, pero ahora sólo puedes hacer algo por uno de ellos, por tu bebé, el otro está en las manos de Dios y de los médicos, así que abraza a tu bebé y pégalo al pecho, porque él te necesita más, la leche regresará y les tranquilizará a los dos…”
Siguiendo sus instrucciones pude volver a amamantar al bebé. Tres semanas después, el Chino salió del hospital para recuperarse en casa.
Y ¿Cómo olvidar a mi tía Maty? que cada vez que alguien quería pelear, decía “para pelear se necesitan dos”. Era soltera, muy guapa, con fuego en el alma que tuvo que ahogar sólo porque le tocó ser la menor y cuidar la vejez de sus padres era su obligación. Mis manos son como las suyas, con las venas marcadas en el dorso y muy sensibles. Era el terror de la familia porque sabía herir sin razón aparente a todos con sus comentarios, que sólo reflejaban su frustración. Quizá porque ya no era tan joven cuando yo conviví con ella, sembró en mi recuerdos más amables.
Sé que hay muchas voces de mujeres que me forjaron, pero, mi memoria es ingrata al no recordarlas.
Gracias a todas ellas, porque sus palabras fueron como un ganchillo que ha entretejido los hilos de mi vida y enseñado una puntada más fina.


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